Es muy fácil crear un enemigo colectivo. El lunes lleva años haciendo ese trabajo.
No todas las respuestas están en Google. Algunas están en el cuerpo, en la experiencia o en la duda compartida. Esta serie parte de preguntas reales que nos hacemos todos, y trata de pensarlas con honestidad, sin fórmulas mágicas.
Hay pocas cosas que generan acuerdos tan rápidos como quejarse del tráfico, el clima, los grupos de WhatsApp del colegio y los lunes. El lunes, además, tiene la desventaja de que nunca se defiende.
Le cargamos el sueño, la alarma, el tráfico, la junta de las nueve, los pendientes que dejamos el viernes y todos los hábitos que decidimos inaugurar esta semana. Es más fácil culpar a un día que separar todas las cosas bastante normales que coinciden en él. Pero, ¿realmente los lunes se sienten peor o llevamos tanto tiempo diciéndolo que ya sabemos cómo se supone que deben sentirse?
¿De verdad nos cuestan más los lunes?
Buscando si esta mala relación tenía algo detrás encontré algo que me pareció casi más interesante que la respuesta: hay investigadores que se han hecho exactamente la misma pregunta.
Los resultados sugieren que puede existir un pequeño efecto del lunes en el estado de ánimo, aunque otros trabajos han encontrado algo todavía más curioso: nuestras expectativas sobre cómo nos sentiremos pueden pesar más que lo realmente vivido.
No alcanza para declarar al lunes inocente. Pero sí para pensar que parte de su mala fama también la hemos construido entre todos.
Todo lo que le cargamos al lunes
Un lunes normal ya tiene suficientes elementos para sentirse distinto. Volvemos a horarios más rígidos, aparecen pendientes, cambia el ritmo de sueño y, para muchas personas, regresan traslados, escuela u oficina.
Luego nosotros no ayudamos: “El lunes regreso al gym. El lunes como mejor. El lunes tomo más agua. El lunes me organizo. El lunes dejo de desvelarme”. Antes de empezar, el pobre día ya tiene bastante trabajo.
Quizá por eso conviene volver a la rutina después del fin de semana sin sentir que tenemos que empezar de cero.
El fin de semana también requiere ajustes
Sábado y domingo suelen modificar nuestros horarios. Podemos acostarnos más tarde, levantarnos después, comer a otras horas y tener una rutina distinta. El lunes vuelve a pedir cierta estructura y ese cambio puede sentirse. Su única culpa es ser el día que sigue del domingo.
Si esa sensación se repite incluso después de dormir, también vale la pena entender por qué a veces dormimos y seguimos sintiéndonos cansados.
Quizá sólo necesitamos pedirle menos al lunes
No creo que necesitemos aprender a amar los lunes. Hay lunes bastante malos y tampoco vamos a defenderlos demasiado, pero quizá sí podemos dejar de usarlos como fecha límite para convertirnos en una nueva persona. Elegir menos prioridades, retomar las cosas gradualmente y dejar algo agradable dentro del día puede hacer que el inicio de la semana se sienta menos como una auditoría personal.
El lunes seguirá teniendo mala fama
Seguramente seguirá siendo el día de la alarma que no sonó, el tráfico horrible y alguna reunión que hubiera podido ser un correo y eso no va a cambiar. Lo que sí podemos distinguir es cuánto pertenece realmente al lunes y cuánto le pusimos encima nosotros: seis hábitos nuevos, una agenda imposible y la expectativa de arrancar impecables.
Tal vez no necesitamos un mejor lunes. Con no ponerle todo encima, ya tiene bastante.
Tal vez no resolvimos nada, pero al menos lo dijimos en voz alta. Y eso también es parte del proceso.
El Bienestar en Preguntas es una serie que parte de dudas reales —grandes o pequeñas— para pensar el bienestar desde lo cotidiano, lo confuso y lo humano.
Referencias
- Areni, C. S., Burger, M., & Zlatevska, N. (2011). Factors affecting the extent of Monday blues: A meta-analysis. Psychological Reports, 109(3), 723-733. Consultar fuente
- Areni, C. S. (2008). (Tell me why) I don’t like Mondays: Does an overvaluation of future discretionary time underlie reported weekly mood cycles? Cognition and Emotion. Consultar fuente


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